

Hay abandonos que no comienzan el día en que un adolescente deja de ir al liceo. Empiezan mucho antes.
Empiezan cuando se sienta en un aula y ya no entiende lo que ocurre. Cuando las tareas se acumulan, las notas bajan, las ausencias aumentan y aparece la sensación de ir siempre detrás. Cuando escucha que debe estudiar “para ser alguien”, pero cada vez ve menos relación entre lo que aprende y la vida que le espera.
Muchos dominicanos conocen esa historia. Algunos la vieron en un hermano, un vecino o un compañero. Otros la vivieron: dejaron la escuela, se fueron a trabajar, a “buscarse la vida”, a resolver el día a día y nunca regresaron. Para algunos, la vida siguió por otro camino. Para otros, significó cerrar puertas difíciles de volver a abrir.
Por eso, cuando PISA vuelve a colocarnos frente al espejo, quizá lo menos importante sea discutir durante unos días en qué lugar quedamos.
Lo inquietante es entender qué significan sus resultados.
No se trata simplemente de que “salimos mal”. Si a los 15 años muchos jóvenes todavía tienen dificultades para comprender un texto, interpretar información o usar las matemáticas en situaciones sencillas, el problema aparece cuando esas habilidades hacen falta fuera del aula: entender un contrato, administrar un ingreso, distinguir información confiable en redes o tomar decisiones sobre su futuro.
Nuestro propio currículo aspira a que lo aprendido sirva para desenvolverse con autonomía, resolver problemas y actuar ante situaciones reales. Entonces la pregunta cambia: ¿qué ocurre cuando un adolescente se marcha porque nunca encontró ese sentido? Puede salir adelante, por supuesto. Muchos lo han hecho. Pero el sistema no habrá logrado cumplir del todo una de sus promesas: ayudarle a construir herramientas para la vida.
Y el abandono rara vez ocurre de golpe.
Un estudio reciente de la Iniciativa Dominicana por una Educación de Calidad siguió hasta 2024 a estudiantes que iniciaron secundaria en 2017-2018. Ese seguimiento permite ver el abandono como trayectoria, no como fotografía de un año: uno de cada tres había desertado y algo más de la mitad logró graduarse en los seis años previstos. Entre quienes entraron con sobreedad, siete de cada diez desertaron.
Detrás de la palabra “deserción” hay trayectorias que se fueron quebrando. Primero, una tarea. Después de una clase. Luego, varios días. Más tarde, la vergüenza de no entender, la sensación de que ponerse al día es imposible o la urgencia de ganar dinero. El estudiante todavía tiene un asiento y quizá usa uniforme, pero una parte de él puede haberse marchado antes.
Sería injusto colocar toda esa carga sobre la escuela. Para muchos jóvenes, estudiar compite con la necesidad de llevar dinero a casa; para algunas adolescentes, con un embarazo temprano; para otros, con separaciones familiares, violencia, migración, poca supervisión o expectativas de futuro estrechas. La escuela recibe problemas que no creó.
Pero también puede ser uno de los pocos lugares capaces de contenerlos.
No solo ofrece clases. Ofrece horarios, vínculos, referentes adultos, amistades, normas, expectativas y tiempo protegido. Cuando ese vínculo se rompe, un adolescente no queda condenado a delinquir ni al fracaso. Pero puede perder uno de los entornos que amplían alternativas cuando más las necesita.
Por eso, el problema no termina en PISA ni comienza cuando alguien abandona.
La pregunta incómoda es cuántos adolescentes siguen sentados en nuestras aulas mientras dejan de creer que estar allí puede cambiar algo.
Quizá la fábrica del desencanto no sea la escuela. Se construye lentamente, entre aprendizajes que no llegan, experiencias repetidas de fracaso, necesidades que apremian y oportunidades que parecen destinadas a otros. Cuando aprender deja de sentirse útil, posible o gratificante, quedarse exige cada vez más razones.
Y cuando un joven deja de encontrar caminos dentro de la escuela, otros espacios estarán dispuestos a ofrecerle los suyos.
Una sociedad debería preocuparse mucho antes de que ese joven cruce la puerta por última vez.

Autor: Junior Bueno.
Junior Bueno es educador e investigador. Máster en Educación Física Integral por el Instituto Superior de Formación Docente Salomé Ureña (ISFODOSU) y Máster en Investigación, Evaluación y Calidad en Educación por la Universidad de Murcia, España. Su trayectoria abarca la docencia preuniversitaria y universitaria de grado y posgrado. Sus intereses se centran en la educación, el comportamiento humano, la motivación, la salud y los procesos sociales que configuran nuestra manera de pensar, actuar y convivir.
✆ 𝐀𝐠𝐫é𝐠𝐚𝐧𝐨𝐬 𝐚 𝐭𝐮 𝐖𝐡𝐚𝐭𝐬𝐀𝐩𝐩 𝐞 𝐢𝐧𝐟ó𝐫𝐦𝐚𝐭𝐞 𝐦𝐞𝐣𝐨𝐫: 𝟖𝟐𝟗𝟗𝟖𝟖𝟗𝟗𝟗𝟗
