• Tener tu propia casa, una promesa cada vez más difícil de cumplir.

    Para miles de familias dominicanas, tener una vivienda propia representa mucho más que adquirir un inmueble: significa estabilidad, patrimonio y protección frente a la incertidumbre económica. Sin embargo, cuando el precio de una casa avanza más rápido que la capacidad de ahorro de los hogares, esa aspiración comienza a convertirse en una promesa difícil de cumplir. El problema no se limita al mercado inmobiliario; revela una tensión más profunda entre el crecimiento económico, la planificación urbana y el bienestar de la población.

    El problema de fondo | Cuando el ingreso no alcanza para comprar un hogar

    La dificultad para acceder a una vivienda constituye uno de los desafíos económicos y sociales más relevantes para los hogares de ingresos bajos y medios. El encarecimiento de los inmuebles, sumado al costo del financiamiento hipotecario, reduce las posibilidades de compra y obliga a numerosas familias a destinar una proporción significativa de sus ingresos al alquiler. Esta presión limita su capacidad de ahorrar, invertir en educación, afrontar emergencias y construir un patrimonio a largo plazo.

    El problema adquiere mayor importancia en un país que ha experimentado transformaciones económicas, demográficas y urbanas profundas. El crecimiento de las principales ciudades, la expansión de determinadas zonas turísticas y comerciales, la inversión en infraestructura y la llegada de capitales han modificado la demanda y el valor del suelo. Pero el dinamismo de un mercado inmobiliario no garantiza, por sí mismo, que la población que sostiene la actividad económica pueda acceder a una vivienda adecuada.

    Las causas | Un mercado condicionado por múltiples factores

    Explicar el precio de la vivienda exclusivamente por la especulación inmobiliaria sería una simplificación. El valor final de un inmueble depende de la interacción entre el costo del terreno, los materiales, la mano de obra, los permisos, los impuestos, la infraestructura disponible, la ubicación y las condiciones del financiamiento. También influyen la oferta de suelo urbanizado, las expectativas de los compradores y las decisiones de inversión de promotores y propietarios. Comprender esta combinación es indispensable para distinguir entre los incrementos justificados por mayores costos y aquellos asociados a desequilibrios entre la oferta y la demanda.

    A esta complejidad se suma una transformación demográfica que merece especial atención: la reducción progresiva del tamaño promedio de los hogares y el aumento de las unidades familiares independientes. Aunque el ritmo de crecimiento poblacional pueda desacelerarse, la necesidad de viviendas no necesariamente disminuye en la misma proporción. Si más personas forman hogares separados, la demanda de unidades habitacionales puede mantenerse elevada. Por eso, la planificación pública debe considerar no solo cuántas personas habitan el país, sino también cómo viven, dónde trabajan y qué tipo de vivienda pueden pagar.

    La dimensión histórica | Urbanización, inversión y desigualdad territorial

    Durante las últimas seis décadas, la República Dominicana ha experimentado una profunda transformación de su estructura urbana. Santo Domingo, Santiago y otros centros de actividad económica han concentrado población, empleos, servicios e inversiones, incrementando la presión sobre determinados terrenos. Al mismo tiempo, las remesas, el turismo, la inversión extranjera y el desarrollo de nuevas infraestructuras han contribuido a transformar el mercado inmobiliario, aunque sus efectos varían considerablemente según la región y el segmento de precios.

    Para analizar esta evolución con rigor, es necesario diferenciar tres variables que con frecuencia se confunden: el precio de venta de una vivienda, el costo de construirla y el valor del terreno. La primera refleja lo que paga el comprador; la segunda, los recursos necesarios para edificar; y la tercera, el valor económico del suelo. Pueden aumentar a ritmos diferentes y responden a factores distintos. Sin series históricas comparables, datos sobre ingresos familiares y estadísticas de transacciones, no es posible atribuir todo el encarecimiento a una sola causa ni determinar con precisión cuánto ha empeorado la asequibilidad habitacional.

    El desafío público

    La respuesta no debería limitarse a construir más viviendas ni a promover indiscriminadamente la compra de inmuebles. El país necesita una estrategia que combine mayor oferta de viviendas asequibles, financiamiento sostenible, planificación territorial, acceso a suelo urbanizado y transporte público eficiente. También debe evaluar la disponibilidad de alquileres adecuados, la seguridad jurídica, los incentivos a la construcción de interés social y la capacidad de las instituciones para orientar el crecimiento urbano hacia zonas con servicios básicos y oportunidades de empleo.

    Es razonable reconocer que los promotores privados necesitan condiciones económicas que hagan viables sus proyectos y que el crédito hipotecario depende de factores como las tasas de interés, los plazos y el riesgo financiero. Sin embargo, estos condicionantes no eliminan la responsabilidad del Estado de corregir fallas del mercado, mejorar la transparencia y orientar los recursos públicos hacia resultados verificables. Los subsidios, por ejemplo, pueden ayudar a determinados hogares, pero deben diseñarse con criterios claros de elegibilidad y acompañarse de una oferta suficiente; de lo contrario, podrían terminar presionando los precios sin resolver las limitaciones estructurales de acceso.

    El verdadero indicador del desarrollo

    La discusión sobre la vivienda debe ocupar un lugar central en la agenda económica dominicana porque sus consecuencias trascienden el sector inmobiliario. Cuando una familia no puede acceder a un hogar adecuado, se comprometen su estabilidad financiera, sus posibilidades de movilidad social y su capacidad de planificar el futuro. El problema también tiene una dimensión territorial: vivir lejos de los centros de empleo por razones de precio puede elevar los costos de transporte, reducir el tiempo disponible para la familia y profundizar las desigualdades entre quienes pueden elegir dónde vivir y quienes deben conformarse con lo que pueden pagar.

    El debate, por tanto, no consiste en oponer el desarrollo inmobiliario al interés social, sino en determinar cómo hacer compatibles la inversión, la rentabilidad y el derecho a condiciones habitacionales dignas. Para avanzar, hacen falta estadísticas periódicas sobre precios, alquileres, salarios, crédito y déficit habitacional, además de metas públicas medibles y mecanismos de evaluación de resultados.

    Porque el éxito de una economía no se mide únicamente por cuánto construye, cuánto invierte o cuánto crece, sino también por cuántas familias pueden convertir ese crecimiento en un hogar digno y económicamente sostenible.

    Por. Héctor Solís.

✆ 𝐀𝐠𝐫é𝐠𝐚𝐧𝐨𝐬 𝐚 𝐭𝐮 𝐖𝐡𝐚𝐭𝐬𝐀𝐩𝐩 𝐞 𝐢𝐧𝐟ó𝐫𝐦𝐚𝐭𝐞 𝐦𝐞𝐣𝐨𝐫: 𝟖𝟐𝟗𝟗𝟖𝟖𝟗𝟗𝟗𝟗

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